Domingo, 4 de Outubro de 2009
Erotomanía, amor y enamoramiento. Contradicciones.

Proponerse hablar del amor es una empresa inútil y poco esperanzadora. Viene a ser como pretender abordar lo inabordable, acotar lo que no tiene límites y objetivar lo que no puede suceder sin que lo coloree la impresión subjetiva de cada uno. Por eso Ferrand, en su Melancolía erótica, se unía a la opinión galénica de descalificar a los que intentaban dar una definición esencial de algo que cada uno concebía a su manera. Tachaba, por tanto, de sofistas a los lógicos de turno que intentaban dar con la clave de asuntos que no pueden sino explicarse a través de una experiencia propia.

El amor ha sido uno de los temas más abordados por la filosofía, la literatura, la antropología, la religión e incluso la medicina. Todas las ciencias que se han ocupado de los distintos aspectos del ser humano han hecho un hueco para estudiar eso que tantos, y con tanta razón, han calificado de locura. Sin duda, intentar comprender qué es el amor resulta una de las mejores y más arriesgadas formas de bucear en las profundidades del hombre.

Agustín nos dejó dicho que «si quieres conocer a alguien, no le preguntes lo que piensa, sino lo que ama». Quedamos definidos por el amor y por lo que amamos. Desde nuestra profesión, y en ocasiones a pesar de ella, nos es fácil encontrarnos con situaciones que nos acercan a estos reveladores modos de observación. Tan es así, que siempre resulta útil echar un vistazo al acompañante del paciente que espera fuera de la consulta si queremos enriquecer la impresión clínica que vamos construyendo. Del mismo modo que, no pocas veces, se nos escapa una sonrisilla maliciosa cuando un amigo nos presenta a su nueva pareja, que resulta cortada por el mismo patrón que esa anterior que le desilusionaba.

La pareja, el amado, el amigo predilecto, no son anécdotas de nuestra existencia sino un reflejo de las cartas con las que jugamos en la vida. El amor decide por fuera de la razón. No elegimos racionalmente entre varias posibilidades presentes, sino que es nuestra oculta intimidad la que apuesta por nosotros como si supiera de antemano quién será el ganador. Además, el amor actúa de modo determinante sobre el destino de las personas. Nuestra biografía no sólo es un inventario de relaciones amorosas, sino que es el efecto de los amores que se han ido sucediendo. Decía Ortega y Gasset que, en caso de contar con más de uno, una persona nunca tendría más de dos o tres amores importantes a lo largo de su vida.

Éstos, además, coincidirían con cambios significativos en su «modo de ser». De ahí provendrían las similitudes y diferencias entre las parejas que acumula una misma persona: mientras las similitudes responden a la repetición, las distintas personas a las que se ama dan cuenta de los cambios sucedidos en cualquier trayectoria vital. Sí, lo que nos proponemos llevar a cabo es un sinsentido, pues queremos adentrarnos en un tema cuyos márgenes sabemos de antemano que se escapan.

La intimidad se resiste a ser científica, a cumplir reglas o respetar límites convencionales. Enfrentados a esta tarea y sus dificultades irreductibles, podemos intentar apoyarnos en el resultado de las miradas que nos anteceden. De su repaso, a nuestro juicio, surgen dos proposiciones. Por un lado, registramos la insistente exigencia a lo largo de los siglos de elaborar una teoría del amor y fundarla en una filosofía de las pasiones. Pero, por otro, damos cuenta también de la imposibilidad de lograrlo sin derrumbar los cimientos de esas mismas hipótesis. Esto demuestra el carácter paradójico de todo lo que acercamos al amor. Tanto las explicaciones que el hombre atribuye a sus sentimientos, como el manejo con que el propio amor gobierna al sujeto, se encuentran rodeados de esa esencia contradictoria que caracteriza a Eros.

Las pasiones no quieren «tener razón», por eso el único lenguaje que conoce el amor es el de la contradicción. La palabra es el límite del amor y, pese a ello, no disponemos de un arma distinta para acercarnos a esa sinuosa profundidad que tanto despierta nuestro interés. «No se puede decir nada sin contradecirse», decía Lacan. Así que, bajo esta advertencia previa, vamos a emplear la palabra para hablar de lo contradictorio...


Laura Martín López-Andrade.

FUENTE: REVISTA DE LA ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE NEUROPSIQUIATRÍA. 2009;29(103):157-169.

LER ARTIGO COMPLETO AQUI



publicado por enfarpeladasocumveu às 02:13
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